Sobre campañas promocionales, ruta del bakalao y Bobby Mc Ferrin

Publicado: 17 febrero, 2013 de RDF en Pajas mentales
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En una ocasión, me comentaba un amigo psicólogo que existe cierto desequilibrio mental rara vez diagnosticado, el cual, tras la creación de un medicamento para tratarlo y consecuentes estudios sobre el mismo (oportunamente enviados a la comunidad psiquiátrica por la industria farmacéutica que lo elaboraba), mágicamente, de la noche a la mañana, se convirtió en un síndrome que afirmaban empezaba a afectar, de modo creciente, a parte de la población.

Eso me trajo a la memoria aquella descacharrante aventura de Fat Freddy, el legendario miembro de los Fabulosos Freak Brothers, en la que, viéndose sumido en la penuria económica, decide, para ganarse unos cuartos, crear una fabulosa campaña contra una droga que no existe y que se saca de la manga, el famoso Squeak. Consigue financiación para su gran odisea en bien de la sociedad (¿Cómo es que nunca hemos oído hablar de él?, le preguntan las autoridades; “es tan nuevo que casi nadie lo conoce, tenemos que adelantarnos a su propagación”) y monta uno de sus legendarios y surrealistas pitotes. Al pobre Norbert el poli, el sufrido, reaccionario y perdidísimo antagonista del trío, casi le da algo tratando infructuosamente de atrapar camellos inexistentes de drogas desconocidas. Por supuesto, todo el mundo de la calle está como loco por comprar aquel nuevo maná y disfrutar de sus innumerables virtudes, denunciadas como males por el engominado, marketiniano y proactivo -por usar ínclitas palabrejas empresariales- personaje bajo el cual se ha disfrazado el bueno de Fat Freddy. La ansiedad es creciente, todo el mundo quiere hacerse con el famoso Squeak sin lograrlo (“¿Cómo es que no se consigue por ningún lado?”, le preguntan; “es la prueba de que la campaña está siendo un éxito”). Y ahí entran en escena sus amigos, los no menos legendarios Freewheelin’ Franklin y Phineas T. Freakears, los cuales, envidiosos de su éxito, empiezan a vender, para fastidiarle el chollo, lo que afirman que es Squeak (y que no recuerdo bien que era, pero en todo caso ni siquiera contenía sustancias psicoactivas), ganando además con ello un buen montón de dinero que, por supuesto, dedicarán a la compra de drogas más reales. Me parece que al final los detienen, pero como lo que venden no es ilegal, no pueden acusarlos de nada.

Aquello me hizo recordar, enseguida verán por qué, aquel célebre debate de Jesús Hermida en el que se denunciaban los males de la ruta del bakalao. Durante bastante tiempo, la ruta del bacalao no venía siendo más que un recorrido fiestero minoritario, conocido solo por aquellos más metidos en el tema de la muvaloca, las drogas y el tecno, jóvenes bakalas que pasaban varios días sin dormir y de fiesta en fiesta, castigándose el cuerpo y las neuronas a base de éxtasis, cachondeo y subidón; tras otros varios días recuperándose y sufriendo el temido bajón, estaban listos para volver a empezar. Hasta que, en el mencionado programa, los padres intelectuales de la nación no se rasgaron las vestiduras despotricando sobre el asunto, lo cierto es que la mayoría del mocerío ignoraba la existencia de lo que, a partir de entonces, se convertiría en la famosa ruta del bakalao. El programa se había convertido en la más portentosa y efectiva campaña para promocionarla.

Bien mirado (o mal mirado, según como se vea), se diría que lo que en el fondo se acabó promocionando, con mayor o menor consciencia, era que los jóvenes se pusieran finos y pensaran poco, se dedicaran a extasiarse y al buen rollito y entraran en la era del positivismo, el despilfarro y el todo va bien por la puerta grande, creyéndose, además, admirablemente rebeldes. Por si fuera poco, aquel programa y sus vástagos llevaron al borde de la histeria a muchísimas madres de España (acercándolas un paso más a la adicción a los ansiolíticos en la que aún no sabían que iban a caer) y de algún modo supuso el colofón a aquella suerte de quiebre generacional que hizo que se instalara la desconfianza y la incomprensión en el seno de tantas familias que, hasta entonces, y en la medida de lo posible, se encontraban razonablemente bien avenidas. Puso además de moda, para rematar, los debates con público, lo que rápidamente degeneró en contertulios más preocupados por un buen aplauso que por un buen argumento. Una joya aquel programa.

Y de la ruta del bakalao, a innumerables otras rutas nacidas de ingenios periodísticos, por adjetivarlos de algún modo, bastante cuestionables. Como aquella peregrina “ruta del elefante”, gracioso nombre que hacía referencia a las costumbres etílicas de los jóvenes de un pueblo de cuyo nombre no puedo acordarme que, al parecer, acostumbraban a ponerse “trompas” con bastante más asiduidad de lo que las buenas costumbres aconsejan. Probablemente os suene de algo, si habéis logrado guardar algún recuerdo de vuestro paso por los noventa. Ponerse trompas. Alguien debería haber advertido al creador de la imagen de marca, que hay expresiones que si no se dicen medio en broma se tornan un tanto grotescas. Es como decir “ir piripi”; si lo dices en tono guasón tiene su gracia, pero resultaría bastante ridículo si un párroco, un suponer, dijera desde el púlpito algo así como “es una vergüenza que haya gente del pueblo que no viene a misa porque se va al bar a ponerse piripi”.

Imagino que semejante expresión tuvo que salir, cuando menos, del programa de Nieves Herrero, autora de no menos proverbiales programas de denuncia y discípula, por cierto, del señor Hermida. No creo, valga decirlo y por lo demás, que el omnipresente periodista, al menos lo era en aquel entonces, estuviera detrás de todo el sentido promocional del asunto (si es que había alguien detrás, que yo creo que sí, para alegría morbosa de la sección de conspiración con la que no cuenta ni contará este blog). Algún pérfido personaje le daría la idea, imagino, dibujándosela de campaña benefactora; tengo la sensación de que el señor Hermida estaba realmente convencido de que estaba ayudando a España.

Y ya lanzado a sumergirme en la memoria, recuerdo también, de aquellos tiempos, aquel día en la que llegó a casa un amigo de mi hermano totalmente flipado (en realidad era un flipado per se, solo que aquel día lo era más), porque venía de participar en la campaña de promoción del célebre tema de Bobby Mc Ferrin “Don’t worry be happy”. Sí, ese, el del silbido pegadizo.

La estrategia de la campaña, por lo que con el tiempo he llegado a deducir, fue la siguiente: como primer paso, crear un batallón de jóvenes enérgicos y energéticos –léase el protagonista de la anécdota- convenientemente adoctrinados y armados de spray y extensil (por lo visto se llama así, viene a ser el molde de toda la vida), que se encargarían de llenar la ciudad de caras sonrientes. Con ello, lograban que un sector importante de la población –léase el público objetivo, pues militar es la terminología usada- se preguntara con curiosidad de qué iba el asunto; con curiosidad e interés, ya que, lo dice cualquier manual de psicología que se precie, todo el mundo se siente atraído por una cara sonriente. Tras un adecuado y estudiado tiempo de espera que sirviese para hacer crecer la expectación, se lanzaría la canción a bombo y platillo. Y luego, la apoteosis de la dichosa carita, smiley para los amigos, en camisetas, chapas, tazas, escobillas para el váter, recopilatorios… Lo cierto es que se vería por todas partes, incluso en los miles, decenas de miles, de éxtasis que se consumirían por aquel entonces en aquellas marchosas rutas de las que hablábamos.

Don´t worry. Be happy. No te preocupes. Se feliz. Nótese el uso del imperativo. No te preocupes. Se feliz. Y así, nació aquella suerte de paroxismo que llevaría a la gente, con el tiempo, al absurdo de tener que tomarse, en una vuelta más de la cultura del esfuerzo, la alegría muy en serio. Toda una suerte de curioso y surrealista oxímoron. Como aquel que, décadas antes, Bertrand Russel, uno de los padres putativos del mundo por llegar, había elegido como título para uno de sus ensayos, “La Conquista de la Felicidad”. Por lo visto, no teníamos bastante con conquistar una naturaleza a la que ya pertenecíamos, polarizándonos de la realidad de la manera más demencial, sino que ahora los hombres debían henchir sus pechos en pos de nuevas conquistas.

Esa búsqueda de la felicidad aparentemente mancomunada iba dar cuantiosos beneficios económicos a unos pocos; incluso daría título, ya en pleno siglo XXI, a ese taquillazo protagonizado por Will Smith –basado en hechos reales, para más inri-, en el cual un entrañable y honesto hombre negro persevera en trascender sus fracasos económicos, planteados como fracasos personales en el film, sin cuestionar en ningún momento la locura sistémica, para sacar adelante a su hijo. Su sueño es formar parte de una corporación de la cual, en una tremebunda escena, sus empleados entran y salen con una gran sonrisa en la boca como quién entra y sale del paraíso. Compite, entregado y servil, con otros postulantes, trabajando durante meses gratuitamente, ojo al dato, por el hueso de un único y exclusivo puesto de trabajo lanzado entre la soñadora jauría. Al final su empeño es recompensado por los que la película presenta como los benefactores ancianos de raza blanca que la dirigen. La felicidad, por lo visto, era un puesto de trabajo y unas palmaditas en la cabeza. La gente que da trabajo, símbolo culminante de esa felicidad, hombres de caridad. Pero no nos adelantemos demasiado y regresemos a los tiempos del simpático smiley.

Azuzados por la prisa y el marketing, sin parar a plantearse el contrasentido, casi todo el mundo cayó, de algún modo, en la trampa de buscar algo que ya tenía. Y es que hay cosas que no se pueden buscar, solo dejar que ocurran. La afable alegría, esos momentos de felicidad que siempre han acompañado al ser humano y éste siempre ha sabido disfrutar y reconocer, se alzaban a la categoría de mito y se revestían de la histeria del fanatismo. La felicidad, la alegría, se ligaba a la actividad compulsiva y constante; al movimiento, al no parar (“no pares, sigue, sigue, no pares sigue, sigue”, que decía otra canción). La actividad y el movimiento, al consumo.

Como es lógico, de la mano del mito de la felicidad, llegó el demonio de la tristeza. La tan necesaria tristeza, esa tristeza amiga, que da templanza, relativiza, apacigua las pulsiones, impulsa al cariño, enraíza, se transformaba, de la noche a la mañana, en algo que había que temer, de lo que había que huir y con la que la gente ya no sabía lidiar. Y no solo la tristeza; la calma que surgía con fuerza inesperada y aquietante en el interior de muchos cuando el cuerpo, en su sapiencia, buscaba un equilibrio ante tanta compulsión, comenzaba a no ser entendida. La falta de actividad, el sosiego, se convertía en un mal que asustaba a sus protagonistas, haciéndoles sentir varados y confundidos al punto de no saber ya entender la sabiduría eterna que traía consigo.

El impulso disciplinante y voraz hacia la alegría, a menudo se iba a convertir en ansiedad y stress. Be happy. El miedo a la tristeza y al sosiego, en depresión. Don’t worry. El subidón y el bajón, trascendiendo las fronteras de las pistas de baile, se había democratizado. Los llamados desequilibrios mentales (y es que todo ese gran circo era en sí, y sigue siendo, puro desequilibrio) estallaban como si fuera una especie de plaga, una epidemia protagonizada por gente impotente para estar a la altura de una sonrisa. Píldoras para la alegría. Don´t worry. Píldoras para la depresión. Be happy. Hay que ser positivo. Don’t worry. No seas tan negativo. Be happy. Pueden ustedes silbar.

El señor Mc Ferrin no solo daba la clave de actuación para el futuro inmediato, sino que incluso se adelantaba varias décadas a la situación en la que muchos se iban a acabar encontrando cuando, tras el subidón, llegara el bajón, España y el mundo ya no fuera bien y los economistas llenaran revistas y diarios con recetas para restablecer la fe. Si no puedes pagar a tu casero, decía la canción, y este te va a denunciar, si te quedas sin una cama donde dormir y un lugar donde apoyar la cabeza… don’t worry, be happy. Todo un sabio consejo que podría ser perfectamente aprovechado por todas aquellos que acabarían viviendo el drama del desahucio. Quizá deberíamos proponer que cuando los funcionarios del juzgado y las fuerzas de seguridad de hoy en día vayan a hacer su trabajo, lo hagan acompañados por un equipo desde el cual sonara la pegadiza canción y su oportuno consejo. A lo mejor nos ahorraría las molestias e inconveniencias de tanto desagradable drama personal y todo se desarrollaría desde el más feliz buen rollo. Quién sabe.

Recuerdo perfectamente cuánto me llamó la atención aquel día lo emocionado, me atrevería a decir que religiosamente extasiado, que estaba el amigo de mi hermano, como quién anuncia la llegada de un nuevo mesías transmutado en dibujo infantil. El mesías de la felicidad, la sonrisa, el buen rollito. Parecía, a sus ojos, que había llegado una especie de nueva era. Quizá se pretendía que así lo pareciese. Lo que es seguro es que algún astuto director de marketing había utilizado la inocencia de aquel joven y de otros muchos para su, sin duda, elevado beneficio. Muchos, hoy aún más, siguen haciéndolo.

Por aquel entonces no até más cabos que los de comprobar lo gregarios que en ocasiones podemos llegar a ser los seres humanos y lo ladino que a menudo es el mundo del marketing. Ahora que han pasado los años y no me ha quedado más remedio que familiarizarme con la cadencia suicida del tinglado, me doy cuenta de que puede que estuviera siendo testigo inconsciente del inicio del armado definitivo de la ideología positivista que hoy tanto parece entusiasmar y que tanta confusión sigue trayendo. El positivismo, para desgracia del mundo, había llegado.

Layo

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comentarios
  1. Tristramshander dice:

    El gato de “Fat Freddy” Freekowtski dijo:

    El ejemplo está bien traído; la cosa parece que funciona así: primero se crea un medicamento, después se compilan los síntomas para los que está indicado y por último se inventa el trastorno mental psiquiátrico o psicológico, según gravedad o el precio de las recetas. Hay que tener en cuenta que la psiquiatría (dejemos fuera a la psicología, su versión demo-débil) no es una ciencia sino una especie de relato, más o menos literario, básicamente de las alteraciones de la conducta y los comportamientos humanos (no se trata de variantes de la neurociencia). Las enfermedades mentales y sus sintomatologías tienen su propia clasificación (a diferencia del resto que se organizan en la llamada Clasificación internacional de enfermedades, CIE), llamada “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales” (más conocido como DSM) elaborada desde los años cincuenta por la Asociación Americana de Psiquiatría. El DSM ya va por su 4º versión y la principal diferencia con la 1º versión es que el número de trastornos mentales diferenciados se ha quintuplicado (pasando de unos 70 a unos 350 actualmente) y todo hace indicar que esta inflación seguirá con otras supuestas enfermedades como, por ejemplo, la adicción a las compras, la vigorexia, el síndrome del atracón, el síndrome del acoso inmobiliario, el síndrome post-vacacional, el síndrome de Cenicienta, el síndrome de Diógenes, el síndrome Peter Pan, el síndrome de Ulises, etc. y así sucesivamente hasta que todo el mundo tenga su propio síndrome personal (yo tengo algunos de ellos: últimamente empeora mi síndrome de Penélope, mejora mi anhedonia telefonomoviloide y se mantiene estable mi síndrome de la bilis negra de la conflagración de la oreja de Jenkins).

    Y a cada síndrome nuevo, nuevas pastillas (no olvidemos que vivimos en una sociedad “salutista”, de la que “tener salud” y “estar siempre joven” serían primeros mandamientos). Todo esto no es más que una derivada de los procesos de individualización de la vida humana que el nuevo capitalismo trae consigo, se trataría de individualizar y “patologizar” cualquier disfunción social de la dinámica capitalista por pequeña o evidente que esta sea.

    Por otra parte, coincido en que la tristeza es necesaria cuando se asume naturalmente por llevar asociado ciertos componentes de sabiduría, mejora y transformación y que la felicidad impostada, incrustada en la lógica consumista del capitalismo, puede desequilibrarnos cuando requiere de una actividad compulsiva y escapista. El “no parar”, el evitar tumbarse un rato a reflexionar en el sofá en silencio, el estar siempre haciendo cosas, algunas inútiles pero sin pausa, el estar a todas horas sometido a una sobre-exposición sensorial puede ser una manera de evitar enfrentarse a uno mismo, a nuestro entorno más próximo y la sociedad que nos rodea, lo cual nos haría individuos más críticos, más completos.

    Puede que haya algo de esto en la antaño conocida como ruta del bakalao (o en cualquier otra actual caldera de Pedro Botero etiquetada de entretenimiento rebelde juvenil), aunque yo veo dos tipos de aproximación mediático-televisiva: la sensacionalista de Nieves Herrero con un programa especial tipo “¡Usted no sabe que hacen sus hijos por la noche!” y la frívola adaptación enrollada de Mercedes Milá tipo “Soy bakala, ¿y qué?”. La primera buscaría llenar el espacio de “mediadores profesionales” (policías, psicólogos, educadores sociales, etc.) para solucionar por parte de las instituciones (privadas o públicas) la educación y los conocimientos francamente mejorables que transmiten los padres a los hijos, mientras que la segunda perseguiría laminar al adolescente extendiendo el hedonismo aturdidor que tiene que tener toda sociedad de consumo para subsistir (hay que pensar que el capitalismo ha extendido la artificial condición de consumidores masivos a los adolescentes en los años 80 y a los niños en los 90); esto sería como esa posmodernidad a la española llamada “movida madrileña” de finales de los 70 que empezó creando algunos espacios de libertad y experiencias autogestionadas para convertirse rápidamente en un producto de consumo más, en un supermercado de mercancías trituradas, insustanciales, frívolas y hedónicas, cuando no en la antesala de la aprensión con frases como la de Tierno Galván con aquello de “¡rockeros: el que no esté colocado que se coloque… y al loro!”.

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