LPED según Layo

¿Por qué Lo Prometido es deuda?

Iba a ser un gran mundo, un gran lugar en el que todos íbamos, por fin, a vivir en armonía, a tener cubiertas todas nuestras necesidades e incluso nuestras ambiciones. El éxito se divisaba en un horizonte que parecía poder ser alcanzado. El gran viaje en el que un día se embarcó el hombre iba a culminar triunfante e incólume en una gran civilización, una gran apoteosis para la raza humana. Las grandes promesas sobre la llegada del gran día se blandían orgullosas como antorchas gloriosas iluminando el camino. Había, eso sí, que esforzarse, apretar los dientes, trabajar duro, hacer toda serie de concesiones, pero el día iba a llegar. El progreso, la industrialización, la agricultura extensiva, las magníficas ideas empresariales y productivas se cristalizaban en momentos de expansión, en grandes booms en los que todo iba bien, los países subían en el escalafón y entraban en supuestas Premier Leagues y las gentes gozaban y presumían de juguetes y amuletos tecnológicos que afirmaban haber cambiado sus vidas. La destrucción constante, cruel y obcecada, en nombre del sacrosanto consumo, de los recursos que nuestro querido planeta tenía a bien ofrecernos, no parecía importar ante las promesas fanáticas y fantásticas de una tecnología teologizada que iba a lograr por fin poner todo en su sitio si manteníamos la cadencia triunfantes y empecinados abrazando la doctrina de la positividad y manteniendo la fe en el gran proyecto. La solida sospecha que en su día existió ante semejante y desaforada inercia y que brotaba de una sabiduría ancestral que aún los hombres guardan, quedaba apaciguada y hasta olvidada bajo una marea rimbombante de desbordante riqueza. El barco levantaba su popa orgulloso y decidido ante los embates de una naturaleza que afirmaba, pueril y autoexiliado, haber conquistado. Hasta que un buen día, aquel tinglado fenomenal, aquel torbellino que todo succionaba, se mostró en todo su triste esplendor y en su ciega deriva. Todas aquellas promesas de culminación revelaron patéticas su calidad de artificio, de holograma, de ilusión. Aquellas promesas solo llevaban a un lugar: lo prometido era deuda.

Ahora que el sistema económico muestra en sus glorificadas estadísticas que el nivel de deuda global supera con creces nuestra riqueza, cabe preguntarse qué le ha pasado a la economía, a la política y a la sociedad, qué le ha pasado, en definitiva, al ser humano, para llegar al absurdo de estar angustiosa y perennemente en deuda consigo mismo. Cómo es posible haber llegado a semejante polarización esquizofrénica y autodestructiva bajo la cual se ha aunado en el mismo y demencial personaje un acreedor tirano y psicopático y un deudor temeroso y depresivo. Mientras el sol, la tierra y las estrellas mantienen su eterno y sereno baile, nosotros nos ocultamos de la vida y del universo luchando contra una deuda que parece atenazarnos. Y sin embargo, ¿con quién estamos en deuda? ¿a quién le debemos algo? ¿existe realmente tal deuda? Quizá sea interesante preguntarse si todo este gran tinglado es, en definitiva, real. Porque es posible que solo sea el resultado de un tremendo e ilusorio despropósito.

El objeto de este blog es precisamente analizar, observar y comprender semejante despropósito y semejante inercia para dejar de entregarle un poder que creemos que no tiene. Un poder que es nuestro, humano y al mismo tiempo personal, y que no deja de ser más que la afable y templada energía que a cada uno nos entregó la vida. Divertirnos con ello, porque la risa es la argamasa de la auténtica pasión. Y quizá entristecernos, porque la tristeza relativiza y nos libera de la compulsión por el logro. Vivir y sentirse vivos aceptando las exigencias del momento histórico en el que no hemos visto inmersos, comprendiendo al mismo tiempo que tales exigencias no tienen, si uno no quiere, por qué ser aceptadas. Vivir, reír, compartir, charlar. Desgranar lo auténtico de lo ilusorio. Decir tonterías y hacer análisis sesudos. Participar. Respirar. Entregar nuestros secretos al mundo sabiendo que no son tales. Renunciar al aislamiento. Relacionarse con la vida y con los demás. Vivir y sentirse vivos. Eso es lo que nos importa. Por supuesto, tratamos de no darle demasiada importancia… ¿Acaso la tiene?

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