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En espera de las próximas reformas ambiciosas y valientes previstas para la próxima semana, medidas dolorosas pero necesarias según el gobierno, a las que la oposición y los sindicatos reaccionarán con indignación calculada, las patronales gruñirán que la dirección es la correcta, aunque hay que perseverar, y que si bien el derecho de pernada no estimulará el crecimiento ni a corto ni a medio plazo, dará confianza a los mercados, y mientras, nosotros, el populacho, nos dividiremos entre el “biba mi dueño” o dar pataletas, y acumularemos ira a todas luces mal canalizada y penosamente organizada, bueno, pues a la espera de todo esto, me voy a meter un poco con la iglesia.

Resulta curioso como Juan XXIII, beato, pasó a la historia como “El papa bueno”. No entraré en polémicas sobre su supuesta benignidad, lo que me llama la atención es dicho apodo, pues a todos los papas se les tendría que suponer cierta bondad. Entonces, “El Papa bueno” de un lógico pleonasmo pasa a ser un evidente oxímoron.

Porque claro, es de dominio público que los vicarios de Cristo en innumerables ocasiones han sido un poco malos, han ejercido sin piedad la crueldad hacia otros seres humanos y han infringido las leyes de la iglesia con innumerables usos sexuales pecaminosos. Así, por poner un ejemplo, es conocido que Julio II era un sodomita con úlceras vergonzosas, según fuentes eclesiales. Pero bueno, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, nos dice su doctrina, ¿quién no ha sido alguna vez indulgente con el fascismo?, ¿es que nadie ha quemado a algún tocapelotas? ¿Quién no se ha hecho una foto con un narcotraficante? Cualquier bakala que se haya hecho una foto con el iphone 5 superquetecagas con cualquier otro bakala en algún parque urbano periférico tiene serias posibilidades de ser como Nuñez Feijoo.

Sex & violence, decían los Exploited, que bien podía haber sido el nuevo “Señor, tu has venido a la orilla”. Hoy en día, en nuestra realidad, la violencia se ejerce insensiblemente y un sexo mercantilizado se desnaturaliza, es el signo de nuestros tiempos, y la iglesia no va a ser menos. No hay más que ver en las producciones judías de Hollywood sobre temas bíblicos con las que nos amenizan en navidad o semana santa. En dichas producciones se ignoran las numerosas escenas de mete y saca que abundan en la Biblia, la palabra de dios, pero se es generoso con las escenas violentas. Así, actualmente se está en negociaciones con Jason Statham para un nuevo biopic sobre Jesucristro, con Chuck Norris como el Bautista, Jackie Chang como Judas y Wesley Snipes en el rol de Virgen María.

En definitiva, no soy un experto vaticanista, pero parece complicado ser un papa bueno. El flamante Francisco parece aspirar a ello, y podría lograrlo, pues es viejo, con sobrepeso y tolerante con los tiranos, como el bueno de Juan. Wojtila, alias Juan Pablo II, tenía esas características, pero era más malo que hacerle muecas a un ciego, por lo que sospecho que debajo de la casulla no había buena grasa, sino que era la bolsa llena de excrementos que portaba después del atentado que sufrió, donde salvó la vida milagrosamente.

Lagarde

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En una ocasión, me comentaba un amigo psicólogo que existe cierto desequilibrio mental rara vez diagnosticado, el cual, tras la creación de un medicamento para tratarlo y consecuentes estudios sobre el mismo (oportunamente enviados a la comunidad psiquiátrica por la industria farmacéutica que lo elaboraba), mágicamente, de la noche a la mañana, se convirtió en un síndrome que afirmaban empezaba a afectar, de modo creciente, a parte de la población.

Eso me trajo a la memoria aquella descacharrante aventura de Fat Freddy, el legendario miembro de los Fabulosos Freak Brothers, en la que, viéndose sumido en la penuria económica, decide, para ganarse unos cuartos, crear una fabulosa campaña contra una droga que no existe y que se saca de la manga, el famoso Squeak. Consigue financiación para su gran odisea en bien de la sociedad (¿Cómo es que nunca hemos oído hablar de él?, le preguntan las autoridades; “es tan nuevo que casi nadie lo conoce, tenemos que adelantarnos a su propagación”) y monta uno de sus legendarios y surrealistas pitotes. Al pobre Norbert el poli, el sufrido, reaccionario y perdidísimo antagonista del trío, casi le da algo tratando infructuosamente de atrapar camellos inexistentes de drogas desconocidas. Por supuesto, todo el mundo de la calle está como loco por comprar aquel nuevo maná y disfrutar de sus innumerables virtudes, denunciadas como males por el engominado, marketiniano y proactivo -por usar ínclitas palabrejas empresariales- personaje bajo el cual se ha disfrazado el bueno de Fat Freddy. La ansiedad es creciente, todo el mundo quiere hacerse con el famoso Squeak sin lograrlo (“¿Cómo es que no se consigue por ningún lado?”, le preguntan; “es la prueba de que la campaña está siendo un éxito”). Y ahí entran en escena sus amigos, los no menos legendarios Freewheelin’ Franklin y Phineas T. Freakears, los cuales, envidiosos de su éxito, empiezan a vender, para fastidiarle el chollo, lo que afirman que es Squeak (y que no recuerdo bien que era, pero en todo caso ni siquiera contenía sustancias psicoactivas), ganando además con ello un buen montón de dinero que, por supuesto, dedicarán a la compra de drogas más reales. Me parece que al final los detienen, pero como lo que venden no es ilegal, no pueden acusarlos de nada.

Aquello me hizo recordar, enseguida verán por qué, aquel célebre debate de Jesús Hermida en el que se denunciaban los males de la ruta del bakalao. Durante bastante tiempo, la ruta del bacalao no venía siendo más que un recorrido fiestero minoritario, conocido solo por aquellos más metidos en el tema de la muvaloca, las drogas y el tecno, jóvenes bakalas que pasaban varios días sin dormir y de fiesta en fiesta, castigándose el cuerpo y las neuronas a base de éxtasis, cachondeo y subidón; tras otros varios días recuperándose y sufriendo el temido bajón, estaban listos para volver a empezar. Hasta que, en el mencionado programa, los padres intelectuales de la nación no se rasgaron las vestiduras despotricando sobre el asunto, lo cierto es que la mayoría del mocerío ignoraba la existencia de lo que, a partir de entonces, se convertiría en la famosa ruta del bakalao. El programa se había convertido en la más portentosa y efectiva campaña para promocionarla.

Bien mirado (o mal mirado, según como se vea), se diría que lo que en el fondo se acabó promocionando, con mayor o menor consciencia, era que los jóvenes se pusieran finos y pensaran poco, se dedicaran a extasiarse y al buen rollito y entraran en la era del positivismo, el despilfarro y el todo va bien por la puerta grande, creyéndose, además, admirablemente rebeldes. Por si fuera poco, aquel programa y sus vástagos llevaron al borde de la histeria a muchísimas madres de España (acercándolas un paso más a la adicción a los ansiolíticos en la que aún no sabían que iban a caer) y de algún modo supuso el colofón a aquella suerte de quiebre generacional que hizo que se instalara la desconfianza y la incomprensión en el seno de tantas familias que, hasta entonces, y en la medida de lo posible, se encontraban razonablemente bien avenidas. Puso además de moda, para rematar, los debates con público, lo que rápidamente degeneró en contertulios más preocupados por un buen aplauso que por un buen argumento. Una joya aquel programa.

Y de la ruta del bakalao, a innumerables otras rutas nacidas de ingenios periodísticos, por adjetivarlos de algún modo, bastante cuestionables. Como aquella peregrina “ruta del elefante”, gracioso nombre que hacía referencia a las costumbres etílicas de los jóvenes de un pueblo de cuyo nombre no puedo acordarme que, al parecer, acostumbraban a ponerse “trompas” con bastante más asiduidad de lo que las buenas costumbres aconsejan. Probablemente os suene de algo, si habéis logrado guardar algún recuerdo de vuestro paso por los noventa. Ponerse trompas. Alguien debería haber advertido al creador de la imagen de marca, que hay expresiones que si no se dicen medio en broma se tornan un tanto grotescas. Es como decir “ir piripi”; si lo dices en tono guasón tiene su gracia, pero resultaría bastante ridículo si un párroco, un suponer, dijera desde el púlpito algo así como “es una vergüenza que haya gente del pueblo que no viene a misa porque se va al bar a ponerse piripi”.

Imagino que semejante expresión tuvo que salir, cuando menos, del programa de Nieves Herrero, autora de no menos proverbiales programas de denuncia y discípula, por cierto, del señor Hermida. No creo, valga decirlo y por lo demás, que el omnipresente periodista, al menos lo era en aquel entonces, estuviera detrás de todo el sentido promocional del asunto (si es que había alguien detrás, que yo creo que sí, para alegría morbosa de la sección de conspiración con la que no cuenta ni contará este blog). Algún pérfido personaje le daría la idea, imagino, dibujándosela de campaña benefactora; tengo la sensación de que el señor Hermida estaba realmente convencido de que estaba ayudando a España.

Y ya lanzado a sumergirme en la memoria, recuerdo también, de aquellos tiempos, aquel día en la que llegó a casa un amigo de mi hermano totalmente flipado (en realidad era un flipado per se, solo que aquel día lo era más), porque venía de participar en la campaña de promoción del célebre tema de Bobby Mc Ferrin “Don’t worry be happy”. Sí, ese, el del silbido pegadizo.

La estrategia de la campaña, por lo que con el tiempo he llegado a deducir, fue la siguiente: como primer paso, crear un batallón de jóvenes enérgicos y energéticos –léase el protagonista de la anécdota- convenientemente adoctrinados y armados de spray y extensil (por lo visto se llama así, viene a ser el molde de toda la vida), que se encargarían de llenar la ciudad de caras sonrientes. Con ello, lograban que un sector importante de la población –léase el público objetivo, pues militar es la terminología usada- se preguntara con curiosidad de qué iba el asunto; con curiosidad e interés, ya que, lo dice cualquier manual de psicología que se precie, todo el mundo se siente atraído por una cara sonriente. Tras un adecuado y estudiado tiempo de espera que sirviese para hacer crecer la expectación, se lanzaría la canción a bombo y platillo. Y luego, la apoteosis de la dichosa carita, smiley para los amigos, en camisetas, chapas, tazas, escobillas para el váter, recopilatorios… Lo cierto es que se vería por todas partes, incluso en los miles, decenas de miles, de éxtasis que se consumirían por aquel entonces en aquellas marchosas rutas de las que hablábamos.

Don´t worry. Be happy. No te preocupes. Se feliz. Nótese el uso del imperativo. No te preocupes. Se feliz. Y así, nació aquella suerte de paroxismo que llevaría a la gente, con el tiempo, al absurdo de tener que tomarse, en una vuelta más de la cultura del esfuerzo, la alegría muy en serio. Toda una suerte de curioso y surrealista oxímoron. Como aquel que, décadas antes, Bertrand Russel, uno de los padres putativos del mundo por llegar, había elegido como título para uno de sus ensayos, “La Conquista de la Felicidad”. Por lo visto, no teníamos bastante con conquistar una naturaleza a la que ya pertenecíamos, polarizándonos de la realidad de la manera más demencial, sino que ahora los hombres debían henchir sus pechos en pos de nuevas conquistas.

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