Posts etiquetados ‘Pensamiento positivo’

En una ocasión, me comentaba un amigo psicólogo que existe cierto desequilibrio mental rara vez diagnosticado, el cual, tras la creación de un medicamento para tratarlo y consecuentes estudios sobre el mismo (oportunamente enviados a la comunidad psiquiátrica por la industria farmacéutica que lo elaboraba), mágicamente, de la noche a la mañana, se convirtió en un síndrome que afirmaban empezaba a afectar, de modo creciente, a parte de la población.

Eso me trajo a la memoria aquella descacharrante aventura de Fat Freddy, el legendario miembro de los Fabulosos Freak Brothers, en la que, viéndose sumido en la penuria económica, decide, para ganarse unos cuartos, crear una fabulosa campaña contra una droga que no existe y que se saca de la manga, el famoso Squeak. Consigue financiación para su gran odisea en bien de la sociedad (¿Cómo es que nunca hemos oído hablar de él?, le preguntan las autoridades; “es tan nuevo que casi nadie lo conoce, tenemos que adelantarnos a su propagación”) y monta uno de sus legendarios y surrealistas pitotes. Al pobre Norbert el poli, el sufrido, reaccionario y perdidísimo antagonista del trío, casi le da algo tratando infructuosamente de atrapar camellos inexistentes de drogas desconocidas. Por supuesto, todo el mundo de la calle está como loco por comprar aquel nuevo maná y disfrutar de sus innumerables virtudes, denunciadas como males por el engominado, marketiniano y proactivo -por usar ínclitas palabrejas empresariales- personaje bajo el cual se ha disfrazado el bueno de Fat Freddy. La ansiedad es creciente, todo el mundo quiere hacerse con el famoso Squeak sin lograrlo (“¿Cómo es que no se consigue por ningún lado?”, le preguntan; “es la prueba de que la campaña está siendo un éxito”). Y ahí entran en escena sus amigos, los no menos legendarios Freewheelin’ Franklin y Phineas T. Freakears, los cuales, envidiosos de su éxito, empiezan a vender, para fastidiarle el chollo, lo que afirman que es Squeak (y que no recuerdo bien que era, pero en todo caso ni siquiera contenía sustancias psicoactivas), ganando además con ello un buen montón de dinero que, por supuesto, dedicarán a la compra de drogas más reales. Me parece que al final los detienen, pero como lo que venden no es ilegal, no pueden acusarlos de nada.

Aquello me hizo recordar, enseguida verán por qué, aquel célebre debate de Jesús Hermida en el que se denunciaban los males de la ruta del bakalao. Durante bastante tiempo, la ruta del bacalao no venía siendo más que un recorrido fiestero minoritario, conocido solo por aquellos más metidos en el tema de la muvaloca, las drogas y el tecno, jóvenes bakalas que pasaban varios días sin dormir y de fiesta en fiesta, castigándose el cuerpo y las neuronas a base de éxtasis, cachondeo y subidón; tras otros varios días recuperándose y sufriendo el temido bajón, estaban listos para volver a empezar. Hasta que, en el mencionado programa, los padres intelectuales de la nación no se rasgaron las vestiduras despotricando sobre el asunto, lo cierto es que la mayoría del mocerío ignoraba la existencia de lo que, a partir de entonces, se convertiría en la famosa ruta del bakalao. El programa se había convertido en la más portentosa y efectiva campaña para promocionarla.

Bien mirado (o mal mirado, según como se vea), se diría que lo que en el fondo se acabó promocionando, con mayor o menor consciencia, era que los jóvenes se pusieran finos y pensaran poco, se dedicaran a extasiarse y al buen rollito y entraran en la era del positivismo, el despilfarro y el todo va bien por la puerta grande, creyéndose, además, admirablemente rebeldes. Por si fuera poco, aquel programa y sus vástagos llevaron al borde de la histeria a muchísimas madres de España (acercándolas un paso más a la adicción a los ansiolíticos en la que aún no sabían que iban a caer) y de algún modo supuso el colofón a aquella suerte de quiebre generacional que hizo que se instalara la desconfianza y la incomprensión en el seno de tantas familias que, hasta entonces, y en la medida de lo posible, se encontraban razonablemente bien avenidas. Puso además de moda, para rematar, los debates con público, lo que rápidamente degeneró en contertulios más preocupados por un buen aplauso que por un buen argumento. Una joya aquel programa.

Y de la ruta del bakalao, a innumerables otras rutas nacidas de ingenios periodísticos, por adjetivarlos de algún modo, bastante cuestionables. Como aquella peregrina “ruta del elefante”, gracioso nombre que hacía referencia a las costumbres etílicas de los jóvenes de un pueblo de cuyo nombre no puedo acordarme que, al parecer, acostumbraban a ponerse “trompas” con bastante más asiduidad de lo que las buenas costumbres aconsejan. Probablemente os suene de algo, si habéis logrado guardar algún recuerdo de vuestro paso por los noventa. Ponerse trompas. Alguien debería haber advertido al creador de la imagen de marca, que hay expresiones que si no se dicen medio en broma se tornan un tanto grotescas. Es como decir “ir piripi”; si lo dices en tono guasón tiene su gracia, pero resultaría bastante ridículo si un párroco, un suponer, dijera desde el púlpito algo así como “es una vergüenza que haya gente del pueblo que no viene a misa porque se va al bar a ponerse piripi”.

Imagino que semejante expresión tuvo que salir, cuando menos, del programa de Nieves Herrero, autora de no menos proverbiales programas de denuncia y discípula, por cierto, del señor Hermida. No creo, valga decirlo y por lo demás, que el omnipresente periodista, al menos lo era en aquel entonces, estuviera detrás de todo el sentido promocional del asunto (si es que había alguien detrás, que yo creo que sí, para alegría morbosa de la sección de conspiración con la que no cuenta ni contará este blog). Algún pérfido personaje le daría la idea, imagino, dibujándosela de campaña benefactora; tengo la sensación de que el señor Hermida estaba realmente convencido de que estaba ayudando a España.

Y ya lanzado a sumergirme en la memoria, recuerdo también, de aquellos tiempos, aquel día en la que llegó a casa un amigo de mi hermano totalmente flipado (en realidad era un flipado per se, solo que aquel día lo era más), porque venía de participar en la campaña de promoción del célebre tema de Bobby Mc Ferrin “Don’t worry be happy”. Sí, ese, el del silbido pegadizo.

La estrategia de la campaña, por lo que con el tiempo he llegado a deducir, fue la siguiente: como primer paso, crear un batallón de jóvenes enérgicos y energéticos –léase el protagonista de la anécdota- convenientemente adoctrinados y armados de spray y extensil (por lo visto se llama así, viene a ser el molde de toda la vida), que se encargarían de llenar la ciudad de caras sonrientes. Con ello, lograban que un sector importante de la población –léase el público objetivo, pues militar es la terminología usada- se preguntara con curiosidad de qué iba el asunto; con curiosidad e interés, ya que, lo dice cualquier manual de psicología que se precie, todo el mundo se siente atraído por una cara sonriente. Tras un adecuado y estudiado tiempo de espera que sirviese para hacer crecer la expectación, se lanzaría la canción a bombo y platillo. Y luego, la apoteosis de la dichosa carita, smiley para los amigos, en camisetas, chapas, tazas, escobillas para el váter, recopilatorios… Lo cierto es que se vería por todas partes, incluso en los miles, decenas de miles, de éxtasis que se consumirían por aquel entonces en aquellas marchosas rutas de las que hablábamos.

Don´t worry. Be happy. No te preocupes. Se feliz. Nótese el uso del imperativo. No te preocupes. Se feliz. Y así, nació aquella suerte de paroxismo que llevaría a la gente, con el tiempo, al absurdo de tener que tomarse, en una vuelta más de la cultura del esfuerzo, la alegría muy en serio. Toda una suerte de curioso y surrealista oxímoron. Como aquel que, décadas antes, Bertrand Russel, uno de los padres putativos del mundo por llegar, había elegido como título para uno de sus ensayos, “La Conquista de la Felicidad”. Por lo visto, no teníamos bastante con conquistar una naturaleza a la que ya pertenecíamos, polarizándonos de la realidad de la manera más demencial, sino que ahora los hombres debían henchir sus pechos en pos de nuevas conquistas.

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El pensamiento positivo se relaciona con el refuerzo del sentimiento de culpa personal y supone un punto fuerte del individualismo: hacer creer al individuo que solamente es él el culpable de sus fracasos o desgracias, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, sus capacidades o sus esfuerzos, en absoluto hay una referencia a la dimensión supraindividual. De este modo, el éxito o el fracaso en la vida solo se comprenden en términos de errores o aciertos individuales. La idea básica es hacer que las personas asuman que es normal una situación de permanente crisis limitando las consecuencias de las desigualdades sociales al ámbito de las relaciones interpersonales, esto es, individualizar cualquier problemática social y llenar el espacio de la relación individuo-sociedad de “mediadores profesionales”. El denominado pensamiento positivo, o la práctica sistemática de pensar positivamente, es un producto genuinamente del capitalismo de consumo norteamericano, de la individualización de la vida y su idea del crecimiento indefinido, es decir, mantenerse de manera impostada siempre optimistas contra viento y marea y si es con una sonrisa de oreja a oreja mejor.

El ámbito fetén de esta pseudoideología es el empresarial y el mundo del trabajo, la dimensión social “verdadera” desde la óptica economicista, lugar en donde más se pone a prueba nuestra capacidad de hiperadaptación prosistema. Best-sellers como “We got fired: And It’s the best thing that ever happened to us” (¡Nos han despedido! Y es lo mejor que nos ha pasado en la vida) de Harvey Mackay, tan promovido por Oprah Winfrey, son un reflejo de todo esto; “no te quejes, no pasa nada, déjate llevar, sólo es un despido, reinvéntate positivamente” es lo que comentan entre sonrisas. Está claro que ante un fracaso en la vida (de los muchos que hemos y tendremos que asumir) hay que hacer la necesaria autocrítica que nos haga sacar lecciones válidas para el futuro pero imponer a los parados o a los excluidos que la actual depresión (que ya no crisis) en España no es una desgracia sino una oportunidad, que tener sida o cáncer no es del todo malo porque supone un desafío y una oportunidad para apreciar lo bueno de la vida, que tener un trabajo fijo es aburrido, que lo mejor que nos podría pasar es que nos despidan del trabajo es una broma demasiado pesada a estas alturas. No pensar en lo malo de forma voluntaria es una forma de ignorancia, de renuncia a la completitud, está claro que no se trata de ser negativo constantemente o recalcitrantemente fatalista sino encontrar un cierto equilibrio; para los más críticos el filósofo Antonio Gramsci ya nos proporcionó una salida a tener en cuenta: “el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad”.

En el ámbito económico y financiero también ha caído en gracia el pensamiento positivo (por no hablar del ámbito político y aquel siniestro “Y ahora, a consumir” que dijo Zapatero), para ello basta estirar al límite la invención de Adam Smith de la mano invisible del mercado, esto es, existe una fuerza invisible, milagrosa y benevolente que resolverá todos los asuntos económicos de la mejor manera posible por nosotros, sin que nosotros actuemos. Recuerdo que a poco de estallar la crisis financiera (o el comienzo del austericidio para restablecer la “confianza de los mercados”) las élites plutocráticas, gracias a su gran capacidad de influencia y apoyados en los políticos, medios de comunicación, banqueros y el discurso individualista neoliberal se interrogaba perpleja qué nos había pasado, de quién era la culpa, cómo se pudo venir todo abajo y nos vino a decir a modo de conclusión que los responsables de la crisis éramos todos y todas con una desfachatez tan descarada como cuando silenciaron la voz (y tacharon de agoreros o aguafiestas comunistas) a aquellos (pocos) que advirtieron de que las crisis del capitalismo son cíclicas, que las desigualdades se incrementaban y que se estaba formando una burbuja especulativa de tamaño descomunal. Por ejemplo, en España, para eludir su responsabilidad, estos sujetos lanzaron la bochornosa campaña televisiva “Esto lo arreglamos entre todos” con la participación de muchas caras conocidas de la farándula y el deporte que costó 4 millones de euros financiados por las principales empresas del Ibex a través de una fundación ligada a las Cámaras de Comercio en la que se decía básicamente que todos teníamos que poner de nuestra parte para salir de la crisis (lo que anticipó la asunción de la subida de impuestos y los recortes sociales) cuando algunas de las mismas empresas del Ibex que patrocinaban la campaña estaban negociando despidos masivos con el gobierno y mandando los capitales en fuga.