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Hay esperanza, pero no para nosotros. Franz Kafka.

                                                                       Ídolos del pueblo

Resulta cuanto menos curioso que el populacho vayamos aceptando la pérdida de las llamadas conquistas sociales, migajas del estado del bienestar, con tamaña facilidad, y aprobemos mayoritariamente un política dictatorial que tan claramente beneficia sólo a unos pocos.

Mucho se ha escrito ya sobre la doctrina del shock, por lo que no abundaré en ello. Aceptamos que nos espíen, que nos empobrezcan, que nos humillen, con la esperanza de que en un medio plazo sea para nuestro bien, las cosas se vayan arreglando, como en un telefilme barato.

“Hemos destruido la ciudad para salvarla”, dijo un militar estadounidense durante la guerra de Vietnam. Pues bien, eso es lo que nos tenemos que creer, y así sucede continuamente. A diario se nos adoctrina con que se recorta en sanidad para mantener el sistema, y lo mismo con las pensiones, o en educación, etc.

En realidad, todo esto es más viejo que el mear. Aceptamos sus mandatos como una cuestión de fe, estamos educados para eso y actualmente es claro el paralelismo entre el viejo dios cristiano y los llamados mercados. Así, es lícito preguntarse por qué si el dios-mercado es bueno y quiere lo mejor para nosotros, por qué tanto sufrimiento.

La teodicea fue un palabro inventado por Leibniz para explicar la presencia continuada del mal en el mundo si nos rige un dios bondadoso. Actualmente la teología es el aparato de propaganda para explicar estas contradicciones, y El Tinglado hace suyo sus argumentos, que consisten en que todo este sufrimiento es un medio para conseguir un bien superior. Así, si se acepta la fe, estas contradicciones pasan a un segundo plano. (más…)

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El propósito de este documento es ofrecer una panorámica general de la realidad social que nos rodea. La tarea es ambiciosa, pues ese mundo que nos planteamos reconstruir, la vida, se ha ido haciendo cada vez más complejo, más caótico e impredecible, y también más jerarquizado. Al mismo tiempo, resulta más complicado encontrar o mantenerse en un empleo estable, bien remunerado, con tiempo para el ocio, para la familia, y para los amigos, compatible con la salud del trabajador y que fomente su creatividad. Bien mirado, este tipo de trabajo escasea para la gran mayoría de personas; y lo que es peor, las condiciones parecen agravarse día a día. El problema del desempleo y del subempleo son sólo una parte visible de una enfermedad común a toda la humanidad, más característica de hecho del mundo rico y privilegiado. En el reverso de la moneda, en el mundo de los países no tan ricos o directamente pobres, los cinco años de crisis financiera ha propiciado, en diversa medida, una crisis alimenticia, hambre, miseria, epidemias y más vulnerabilidad. A día de hoy, el número de personas en extrema pobreza (cerca de 2000 millones) supera la población mundial en los albores del siglo XX1. Esperamos que en el camino que nos lleve al objetivo del conocimiento de una realidad en constante evolución, aprendamos a ampliar las vías de acción en un mundo donde precisamente las alternativas son cada vez más desalentadoras.

El punto de partida de este análisis exploratorio de la realidad es tan arbitrario, y espero que tan legítimo, como el principio de una película: en nuestro caso vamos a comenzar con el tiempo. Sabemos gracias a Einstein que no existe nada en el universo que pueda denominarse objetivamente con ese nombre: al contrario, ésta es una categoría intersubjetiva, útil para conformar o precisar las relaciones sociales. Sobre el tiempo, o ritmo de una familia hay poco que discutir; es, al igual que el de una empresa pequeña, el “día a día”. Con momentos más trepidantes o anodinos, es irregular, incierto, plagado de trampas: estas unidades de análisis microsocial, familias y empresas en mutua interacción, viven momentos frenéticos alternados con momentos anodinos e incoloros dominados por la rutina. Sin embargo, el destino y los patrones de configuración de los principales actores sociales, concebidos como resultante de un largo proceso histórico, dependen no sólo del ritmo cotidiano, limitado por su condición biológica, sino también del tiempo macroeconómico. En efecto, Hobsbawm y Wallerstein2 afirman, en su análisis histórico y social de las familias en la segunda parte del siglo XX, que las transformaciones históricas alteran profundamente, a lo largo de un ciclo de amplitud muy larga (medida en términos de generaciones,3 2.5 G), las estructuras de los hogares. Esta observación no debería sorprender a un economista de la escuela neoclásica de economía. Si éste perteneciera a los estratos más altos de la profesión, se limitaría a establecer leyes cuantitativas entre un conjunto de variables, preferentemente pequeño (navaja de Occam), al margen de la naturaleza de dicha variable, de su lógica evolutiva, de sus leyes de comportamiento. Al margen por tanto de su historia, y por ello, de la lógica del tiempo macro. Con este desencuentro me parece conveniente comenzar nuestra historia, pues constituyen la base de un desencuentro más profundo, cuyo conocimiento podría contribuir a asentar las claves de una solución.

En este contexto podemos reformular el objetivo de esta serie con otras palabras más precisas: comprender las razones de este absurdo; y a partir de este punto ofrecer soluciones, las cuales, si no me equivoco, han de ser por fuerza de naturaleza política e institucional, a pesar y por la misma razón, de que se construyen sobre la base de acciones individuales. Porque la realidad macro se construye a través de lo micro desde las instituciones. Estas son en buena medida causantes del desorden actual, pero gracias a ella podemos encontrar patrones de regularidad en su comportamiento que nos permita aprovecharnos de sus posibles ventajas, y combatir sus efectos nocivos. Parece razonable suponer que, dado que el sistema macrosocial se desenvuelve en un orden jerárquico (escala) superior a la escala de la percepción humana, se trata de un proceso invisible e inconsciente (Jung). Algunos especialistas operan con proyecciones: series de precios, de crecimiento del PIB, utilización de recursos productivos o intercambios comerciales. Pero, por supuesto, tampoco los científicos sociales son libres del sesgo cognitivo derivado de este diferencial de escala. Este pequeño paso lógico nos ofrece una perspectiva para la acción ausente en las principales universidades de Estados Unidos y Europa4.

La vida cotidiana, por tanto, ha sido severamente alterada en las tres últimas generaciones, en un proceso en buena medida inconsciente, que ha supuesto su incorporación en los mercados en ámbitos cada vez más amplios. Este proceso de formalización, que tiene lugar con la industrialización agraria y la urbanización, se traduce en crecimiento económico. En ciertas ocasiones, dependiendo de las coordenadas geográficas e históricas, las familias que emigraron del campo a la ciudad lograron prosperar. Esto sucedió a gran escala en la época dorada (1945-1970). Pero desgraciadamente, el abastecimiento de alimento y energía a las ciudades es cada vez más caro, por razones ecológicas, demográficas, económicas, financieras, sociales, políticas e incluso psicológicas, lo cual no ayuda a que la perspectiva actual de las enormes masas de gente que sigue acudiendo a las ciudades, especialmente en países emergentes y pobres, sea demasiado halagüeña. Por otra parte, la formalización en ocasiones, aun traducida como crecimiento y bienestar en las estadísticas oficiales, en realidad suponen una mera transferencia de un régimen de propiedad, común o colectiva, a un régimen de propiedad privada, con resultados inciertos sobre el bienestar social5. De esta forma, por ejemplo, se institucionalizó el mercado de trabajo. Simultáneamente, este largo proceso de transformación histórica ha trascendido el ámbito mismo de los mercados: léase degradación ambiental, toxicidad en los alimentos, en el aire en agua, en la psique, problemas de inseguridad ciudadana, erosión del suelo, pérdida de biodiversidad, alteración del clima, desempleo crónico,… y la lista de problemas es interminable. Son infinidad los escritores, incluidos economistas, que han advertido acerca del lado oscuro del progreso, cuya naturaleza lo deja al margen de las estadísticas macroeconómicas oficiales.

La organización jerárquica de la realidad social ha sido pasada por alto por nuestras principales instituciones económicas en su marco teórico (con contadas excepciones, y aun así de manera parcial). Por tanto es factible que aquellas decisiones que delegamos en las instituciones, sean éstas económicas, políticas, financieras o mixtas, como el banco central o el FMI, se hacen como un piloto a ciegas, y lo que es peor, pisando el acelerador impuesto por la lógica del crecimiento. La distribución y la eficiencia, la política y la economía, responden, de acuerdo con el paradigma hegemónico, a leyes explicativas autónomas. Las disciplinas evolucionan por su parte parcelando sucesivamente los objetos de estudio, de acuerdo con la lógica misma de la división del trabajo: la ciencia, y por tanto la educación y la sanidad se convierten de esta forma en mercancía, se instrumentaliza, perdiendo de esta forma su esencia (salud, conocimiento, bienestar). La evidencia apunta a que existe un nivel macro que determina, con carácter creciente, al tratarse de una unidad más y más compleja, el comportamiento de los actores sociales. Pero como ya hemos indicado la macro se construye a partir de la micro. Además, en la medida en que la crisis trasciende todos los órdenes de la realidad social, psíquica y ecológica, proporciona evidencia de un distanciamiento entre teoría y la praxis. La civilización occidental carece por el momento de herramientas de análisis y simbólicas para comprender la realidad que ella misma crea. La crítica de la razón instrumental ya fue hecha (por poner ejemplos de críticas precisas) por la Escuela de Frankfurt entre la primera y la segunda parte del siglo XX. También por Sartre, en sus discusiones existencialistas sobre al absurdo, o ausencia de sentido, de representaciones lógicas válidas para una orientación válida en la cotidianeidad del caos.

Esta omisión no es causal, sino que responde a un paradigma que se ha impregnado en nuestra conducta de forma imperceptible, el positivismo lógico: al lograr su hegemonía, ha acabado por perder gran parte de su innegable poder explicativo. Esta metodología ha sido heredado de las ciencias naturales y empezó a aplicarse a partir de las aportaciones de autores de la talla de Platón, Francis Bacon, Copérnico y Galileo. Su esencia consiste en postular un conjunto de axiomas basados en la experimentación, o en su defecto (el caso de las ciencias sociales) en la inducción, que nos permitan aislar un conjunto limitado de variables, con el fin de establecer relaciones estables, de preferencia de naturaleza cuantitativa, obtenidas por un método deductivo. Creo que hay poco que discutir acerca de lo asombroso de los logros del método científico para el bienestar de la humanidad. Pocas veces, no obstante, ha sido observado que este método fue precedido, con muchos siglos de antelación, por desarrollos en el campo de la tecnología y de la artesanía que comienzan con los orígenes de la humanidad. La razón constituye por tanto un largo proceso que concluye con su autoformalización, al menos desde la revolución copernicana, y más tarde, con el legado de Galileo. Una generación después de la muerte de Galileo (1624), Spinoza ubicaba a la razón en el centro de dos niveles de conocimiento: la percepción sensorial, procedente de nuestra relación inmediata con el entorno, y la comprensión de la esencia, del principio de conexión de von Bertalanffy y Bateson, de la causa final y del discernimiento entre lo sustancial y lo accidental. Al tratarse ésta de una ciencia intuitiva, de una metaciencia, registra relaciones trans e intradisciplinares: abre los compartimentos e inaugura una etapa, no de explotación, sino de exploración.

La Vívora

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1. Chris Hedges (2013) “The Myth of Human Progress”, http://www.truthdig.com/report/page2/the_myth_of_human_progress_20130113/

2.Hobsbawm (1994). Historia del Siglo XX. Crítica, Buenos Aires. 1998. Wallerstein (2004). Análisis de Sistemas-Mundo. Siglo XXI.
 
3. Una generación es una unidad de análisis muy difusa. Puede aproximarse por un período de 25 años, muy representativo del apogeo del ciclo vital de una familia.
 
4. Por tanto, este es el acervo de conocimiento de las instituciones económicas dominantes en su jerarquía.
 
5. Indudablemente, el proceso favorece a las principales elites políticas, financieras, económicas y culturales. En el caso de EE.UU, como analiza Wright Mills, también las elites militares jugaron un papel decisivo durante el período 1945-1970.